Cien días de opacidad


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Por Luisa María Calderón

Imposible no hacer un recuento de los primeros 100 días sin estado de derecho; con decisiones fuera de la ley, con alguien que aún inicia su rueda de prensa diciendo que “sus adversarios están nerviosos”, cuando suponemos que gobierna para todos.

Días de provocación, de enfrentamientos entre ciudadanos en visitas de estado que tensan a la población, que descalifican públicamente a gobernantes, tan sólo para aparecer como el salvador y pacificador del país; haciendo que en la propia jurisdicción el gobernante se tenga que sentir salvado por el provocador, como con síndrome del secuestrado.

Juicios sumarios sin recato alguno sobre cualquier persona, con tal de hacer contraste entre su figura pura y los demás.

Una guerra declarada a la delincuencia organizada y con más muertos por los enfrentamientos que en ningún año de la historia de México, pero teniendo apoyo mayoritario de la población, bueno, casi de toda, porque en la encuesta en redes lanzada por Epigmenio Ibarra sobre el apoyo al gobierno en estos 100 días, salió mal librado ya.

Tracking como guía de las decisiones, que se notan en la decisión de regresar al subsidio de gasolina el día sábado.

Y el creador de la narrativa de AMLO dando a conocer en su propio twitter este modelo de hacerse víctima de otros cuando no sale bien lo que esperaba. Modelito que ha aprendido del presidente o que le ha enseñado al presidente.

¿Qué caso tiene esto de evaluar 100 días del gobierno con mayor apoyo en la historia moderna de México? Que haya tirado por la borda en tan sólo estos días el capital político que le hubiera permitido fortalecer instituciones, actuar de la manera más imparcial, avanzar en políticas públicas tendientes a reducir la gran brecha entre ricos y pobres con líneas de acción de profundidad estructural, pero no.

Se ha dedicado a seguir al pie de la letra el lineamiento del foro de Sao Paolo, por cierto, lineamiento que sigue matando a las personas por deficiencias en Venezuela, donde esta semana, por falta de energía eléctrica en los hospitales, murieron por lo menos 15 personas.

Cien días en los que los integrantes de su gabinete han sido opacos, el presidente incluido, en relación con sus propiedades y cómo las adquirieron: él por ejemplo, en relación sobre “La Chingada”, ha dicho que fue herencia de sus padres, pero se tienen pruebas de que él compró ese predio de más de una hectárea, cuando fue dirigente del PRI, sí del PRI de siempre, inclusive cuando Andrés Manuel fue priísta y dirigente en Tabasco.

Si con el ejemplo se dirige a una comunidad, la nuestra, en la que vivimos y de la que 30 millones de personas apostaron su esperanza a este hombre, no podrán esperar un cambio de fondo que disminuya la pobreza, ni que limpie la corrupción ni que acabe la inseguridad, si el ejemplo dado hasta ahora es de incongruencia y corrupción, lo que decía una y mil veces en campaña, que sería desterrado de México.

Conocemos ya su dinámica de decisiones, que apuestan por los apoyos directos a los beneficiarios votantes del triunfador en julio pasado, pero que no saldrán de ahí, y que serán sus votantes cautivos, quienes tendrán la zanahoria y el garrote como estrategia política para su sobrevivencia.

Y pensar que en el ámbito municipal, a la presentación del plan municipal de desarrollo, el propio alcalde se allanará a la política federal de “bienestar”, aportando el reforzamiento de la estructura electoral, cautivadora y monitora de esas listas de votantes cautivos.

Qué mal por Morelia, por México y aún por los votantes de estos gobernantes.

Es un intento más de hacerte consiente de que éste no es el camino ni de la democracia, ni de la justicia, ni de la reivindicación de los pobres y la oportunidad de construir un futuro para todos, ni para pocos.

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